Confianza, corrupción y autoritarismo, un terrible círculo vicioso: Ponencia en el “Desayuno Democrático” de Participación Ciudadana

El jueves 24 de marzo, Participación Ciudadana invitó a líderes y personalidades de la ciudad a un Desayuno de Trabajo, para lo cual me pidieron presentar una breve ponencia sobre “El desafío de ser un líder en el Ecuador”.

En mi exposición compartí con los asistentes varias reflexiones acerca del liderazgo positivo y sus desafíos en un país, como el Ecuador, marcado por una altísima desconfianza; lo que en este texto he llamado una “sociedad hobbesiana”.

Empecé señalando la relación entre desconfianza, corrupción y autoritarismo, tal y como se puso de manifiesto en la Investigación Confianza (y como he resumido en este artículo recientemente publicado en la revista “Athenea Digital“). A partir de las escalas que desarrollamos para medir la desconfianza, la justificación de la ilegalidad y la aceptación del autoritarismo como mecanismo de resolución de conflictos, pudimos constatar que los altos niveles de desconfianza interpersonal se asocian con una visión autoritaria y con la tendencia a hacer la vista gorda de la conducta antinormativa en la vida diaria. Es decir, las culturas desconfiadas son también, generalmente, corruptas y autoritarias.

Desconfianza, corrupción, autoritarismo

Así, entre desconfianza, corrupción y autoritarismo se da un terrible círculo vicioso. La desconfianza mueve a las personas a actuar con cautela y suspicacia, a precaverse de cualquier posible ataque, trampa o engaño. Por ende, evitan colaborar con extraños y se apoyan en su familia o allegados creando un grupo con intensos lazos internos que lucha contra los demás (a los que considera sus enemigos, no sólo sus competidores). Ven la sociedad como un juego de suma cero donde lo que ganan los otros lo pierden ellos irremisiblemente y viceversa; donde no se trata de crear nueva riqueza sino de repartir la ya existente.

En consecuencia, la sociedad se fragmenta, dividiéndose en grupos de confianza, mafias que se apropian de los espacios de poder y capital. Si ya estaba fragmentada por la alta inequidad, la desconfianza acentúa las diferencias y aumenta la mutua precaución. La lucha de clases deviene una guerra.

Las mafias, al ser circuitos por donde transita la influencia, fomentan la corrupción. Más importante que seguir la ley es relacionarte con la gente correcta, pertenecer a los círculos adecuados, tener el apellido apropiado… “La ley es sólo para los de poncho” y la justicia se convierte en una farsa. Las mafias se reparten el país y los cada vez más numerosos excluidos se arrebatan las migajas.

En este aciago panorama, los ciudadanos apelan a una solución drástica: la “mano dura”. Cuando aparece un líder autoritario, “que se ponga los pantalones”, que ofrezca controlar a los corruptos, lo apoyan al unísono. Pues ese líder tiene razón en el diagnóstico: la corrupción y la inequidad mantienen al país en la picota. Pero yerra en el remedio, pues las políticas autocráticas no favorecen comportamientos participativos. Las culturas no se cambian por la fuerza sino a través de la educación y la reducción de la inequidad (lo que significa redistribuir no sólo la riqueza sino sobre todo los medios para generarla). Cambiar la ley, crear una nueva Constitución, no rompe con la desconfianza ni desarma las mafias enquistadas en las instituciones sociales; al contrario, abre nuevos territorios para su expansión.

Dicho de otro modo, el problema radica justamente en la repartición injusta, no sólo de la riqueza sino de la capacidad de decisión. En las “sociedades hobbesianas” los que deciden son pocos y selectos, las cabezas de las mafias públicas y privadas que excluyen de este proceso al resto. Y si el problema es la concentración de poder, ¿no es absurdo intentar resolverlo concentrando aún más el poder?

El autoritarismo se presenta como el remedio, pero empeora la enfermedad. A resultas de él, la sociedad se fragmenta aún más, la desconfianza empeora -y el círculo vuelve a empezar.

Autoritarismo y excepcionalismo: “sí, robé, pero no soy ladrón”

Se podria pensar que hay una contradicción entre justificar la corrupción y apoyar una forma dura y autoritaria de frenarla. Después de todo, la “mano dura” también me hará más difícil saltarme las leyes a mí.

Esta contradicción aparente la resuelve un viejo conocido de la psicología social: la “desidentificación estratégica”, esto es, el excepcionalismo (derivado, en último análisis, del “error fundamental de atribución”). Las personas usamos distintos cánones para juzgar una conducta según la hayamos realizado nosotros o los demás: cuando X roba, es un ladrón; cuando lo hago yo, es porque estaba muy necesitado. Justificamos de este modo la ilegalidad en nosotros mientras apoyamos el castigo para los otros.

Así, el autoritarismo promete librarnos de las otras mafias que compiten por los recursos escasos: “¡que haya mano dura! -pero no para mí, porque yo no hago nada malo”. Y por ende, lo apoyamos a la par que mantenemos y acentuamos nuestra conducta antinormativa. Del mismo modo, aprendemos a sortear la “mano dura” cuando viene en nuestra dirección haciéndonos parte de “su” grupo, partido o clase; es decir, integrándonos a la “mafia”, manteniendo la desconfianza y acrecentando la fragmentación.

Como se ve, la relación entre autoritarismo y justificación de la ilegalidad es estrecha: son actitudes gemelas. Cuanto más corrupta sea una sociedad, más favorecerá los liderazgos autocráticos. Y cuanto más autocrática, más desconfiada y por ende corrupta.

¿Cuál es la evidencia?

Los resultados de la Investigación Confianza apoyan con fuerza estas conclusiones. Cuando (por medio del análisis de regresión) cruzamos las variables “Desconfianza” y “Justificación de la ilegalidad” en la muestra obtenida en la primera parte de la investigación, obtenemos el gráfico que acompaña este párrafo.

La línea recta da cuenta de que entre ambas media una relación directamente proporcional: a mayor desconfianza, mayor justificación de la ilegalidad. Su gran inclinación da cuenta de la intensidad de esta relación, que se manifiesta en el porcentaje de varianza de la variable dependiente que se puede predecir en base a la independiente: en esta muestra, el 22%, un valor desacostumbradamente alto en las investigaciones en ciencia social.

A su vez, el cruce entre “Justificación de la Ilegalidad” y “Autoritarismo” arroja este otro gráfico. Nuevamente, a mayor justificación de la ilegalidad, mayor autoritarismo. Y de nuevo el pronunciado ángulo de la línea: “Ilegalidad” explica el 18% de la varianza de “Autoritarismo”.

No es fácil que se trate de hallazgos espurios: ambas regresiones son significativas al nivel del 0,0001.

Lo cual, en un país donde más del 90% piensa que “Si uno no es cuidadoso, la gente se aprovecha de uno”, dos de cada tres que “Aunque no nos guste admitirlo a veces es necesario hacer trampa” y que “Si no hubiera castigo, las leyes no se cumplirían”, es grave y ominoso y requiere urgente atención.

¿Qué hacer?

Que el castigo no es la razón principal por la cual la gente se rehúsa a saltarse la ley ha quedado claro en virtud de investigaciones como la reseñada aquí:

Los diplomáticos en New York están exentos de penas por infracciones de tránsito. Por ende, su conducta es independiente de cualquier arreglo institucional de incentivos o castigos y se deriva exclusivamente de sus escalas de prioridades internas.

Y ¿cuál es el resultado? Que los diplomáticos de países con bajos niveles de corrupción cometen muchas menos infracciones que los que vienen de países corruptos… Así se demuestra fehacientemente que la cultura sí que influye en la conducta -y que, aunque no nos guste aceptarlo, la responsabilidad de hundirnos o volar, de seguir como siempre o cambiar recae en cada uno de nosotros, cada día.

Por ende, la solución autoritaria es errónea e injustificable -pero coherente con una “psicología de la precariedad” en que vivimos y sus tres facetas: desconfianza generalizada, corrupción y autoritarismo.

¿La receta para salir del círculo vicioso? Como expongo aquí: reducir la fragmentación (ante todo, la inequidad y el acceso a la educación) y, al mismo tiempo, fortalecer la institucionalidad, ante todo, los mecanismos participativos. Lo cual se predica con el ejemplo, y no con el discurso y la ley. Como dije al cerrar mi intervención: “El verdadero líder no persuade, impone ni duda: consulta a sus conciudadanos“.

A continuación, la presentación que usé en este encuentro.

4 thoughts on “Confianza, corrupción y autoritarismo, un terrible círculo vicioso: Ponencia en el “Desayuno Democrático” de Participación Ciudadana

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