“Soy terapeuta, a secas”: el fin de las escuelas psicoterapéuticas, cuarta parte

Las “escuelas terapéuticas” deben desaparecer. He esgrimido ya tres razones:

  1. La mayor parte de terapeutas eligen “escuela” no por su eficacia sino porque coincide con sus prejuicios y visión del mundo;
  2. Según la investigación, el principal predictor del éxito en terapia no es la técnica o “corriente” que el terapeuta emplee sino la interacción entre su persona y las de los pacientes, sobre todo en lo que se refiere a su capacidad de crear alianzas terapéuticas sólidas y negociar contratos terapéuticos viables, lo cual requiere una visión fundada en la esperanza, no en el déficit;
  3. Los hallazgos de la neurociencia, la psicoterapia empírica, la ciencia cognitiva y la psicología social convergen, lentos pero inexorables, hacia un núcleo de hipótesis comunes, la más importante de las cuales es la intersubjetividad radical (y, añado ahora, el dejar atrás las perspectivas centradas en la homeostasis para alcanzar otras más eficaces y plausibles, centradas en el cambio adaptativo y los equilibrios dinámicos).

Resta por exponer la cuarta, última y más importante, cosa que haré en dos entregas. La he dejado para el final porque, a diferencia de las anteriores, no es exclusiva de la psicoterapia sino que permea la “mentalidad” contemporánea; es ubicua pero, por eso mismo, menos obvia -y más poderosa. Se infiltra invisible y subrepticia en la consulta de todo terapeuta; extiende sus tentáculos hacia cualquier conversación orientada al cambio; es nuestra estrategia preferida ante el sufrimiento y la patología. Es una tentación siempre presente en nuestro trabajo -y, de hecho, en la vida, en la medida en que es también dolorosa.

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“Soy terapeuta, a secas”: el fin de las escuelas psicoterapéuticas, tercera parte

En las anteriores entregas he sostenido que las escuelas terapéuticas deben desaparecer. O, al menos, que debemos modificar sustancialmente nuestra forma de entender la psicoterapia y el cambio humano. Ya no más “freudianos”, “sistémicos”, “cognitivos”, “humanistas”, “constructivistas”; de ahora en adelante, terapeutas, a secas.

Asimismo, he aducido dos razones potentes y profundas. Una, que (por lo que sabemos) la mayor parte de terapeutas eligen su escuela no porque sea la más eficaz, apoyada en la evidencia o útil sino porque es coherente con sus principios y su forma de ver el mundo. Dos, que a juzgar por las investigaciones los factores que mejor predicen la mejoría no tienen que ver con la “corriente” sino con el terapeuta: su capacidad de establecer alianzas y negociar contratos terapéuticos.

Continúo hoy con la tercera: que, a mi juicio, pronto no habrá nada específico que defender de cada escuela.

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