¡No te dejes engañar!: cómo ser un buen consumidor de psicoterapia

Acudir a un psicoterapeuta es una de las decisiones más complicadas y difíciles que existen. En primer lugar, las personas que acuden se sienten, casi siempre, al borde de sus fuerzas. Han probado todo lo que se les ha ocurrido sin resultado alguno. Llevan semanas, meses o incluso años cargando con sus problemas sin haber podido solucionarlos por cuenta propia. A muchas les parece que están enloqueciendo o perdiendo el control; pueden haber considerado más de una vez la opción del suicidio.

En segundo, para los no iniciados, el mar de la psicoterapia (y de los tratamientos psicológicos en general) es proceloso y traicionero. A diferencia de prácticamente cualquier otra disciplina, los profesionales se presentan con títulos incomprensibles y rimbombantes, destinados más a sus colegas que al común de los mortales: “psicodramatista”, “sistémico”, “constructivista”, “psicoanalista”, “transpersonal”, “cognitivo-conductual”, “hipnoterapeuta”…

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La eficacia no importa, o de cómo justificarse con estilo y convicción

En el mismo libro de Treacher y Carpenter me he topado con esta sabia y contraintuitiva reflexión:

…Hay una serie de razones por las que la investigación acerca de la eficacia de la psicoterapia tiene poca influencia en la práctica -la más importante es sencillamente que la eficacia no es importante. El término medio de los profesionales actúa bajo la influencia de otros profesionales cuyo trabajo les interesa por razones emocionales e intelectuales.

¡Cuán cierto es! Pues, en el fondo, somos terapeutas para buscar nuestra propia cura -cincelar nuestro propio camino en la trama del universo. De ahí nuestra capacidad para “resonar” con el sufrimiento ajeno, nuestra paciencia -y nuestros puntos ciegos y flaquezas.

Así que nuestras teorías son, muchas veces, meras palabras que intentan justificar nuestros actos.

Demasiadas palabras, para la simplicidad del Tao.