La crisis de la prensa escrita, la democracia y Christopher Lasch

The Economist

Los periódicos han muerto.

Eso dice el antepenúltimo número de The Economist. Y no se equivoca: el periódico de nuestros padres, ese mamotreto de hojas que se leía de cabo a rabo, nunca volverá.

Hay varias razones, casi todas relacionadas con el Internet. Uno de los mayores ingresos de los periódicos eran los clasificados; ya no más, debido a páginas como la Craigslist. ¿Las noticias mundiales? Reuters, Associated Press, hasta las Wikinews te mantendrán más informado que cualquier periódico. Y sin mover un dedo: gracias a la sindicación, las novedades que te interesan (y sólo estas) te llegan directamente al navegador o al “agregador de feeds“.
¿Y los editoriales? ¿Esos textos en que los periodistas de mayor trayectoria reflexionan breve y agudamente sobre temas no tanto actuales como trascendentales?

Sí, claro… Lástima que el blog más cercano lo haga con mayor frecuencia, penetración, difusión -y ante todo empatía, ya que ha sido escrito por alguien como tú para alguien como tú. Por ejemplo, el célebre Instapundit.

¿Asesinato? Más bien suicidio

Buena parte de la culpa de la muerte del periódico es de los periódicos mismos; o de sus editores, reacios a admitir la necesidad de un cambio urgente y celosos del poder que, hasta ahora, ostentaban en las sociedades democráticas. Guardianes de la información veraz, vigilantes de la función pública, separando lo “noticiable” de lo que no lo era -y arrojando al cesto de la basura buena parte de la realidad en el proceso, los periódicos se han ido alejando insensiblemente de las inquietudes de su audiencia. Y no es que el Internet las satisfaga por completo; sólo que lo hace mucho mejor -aunque sea por la ingente cantidad de información disponible y por la capacidad de elección que eso implica. ¿No te gusta esta página? Pues navegas hacia otra, y listo.

Desgraciadamente, presionados por la realidad, muchos prefieren encerrarse en su torre -o en este caso, en su despacho- y repetirse como un mantra: “siempre hemos sabido lo que los lectores quieren, ¡y también lo sabremos ahora!”

El arte de la resurrección

¿Qué hacer? La discusión es intensa y desgarradora; aquí y aquí pueden verse algunos momentos. Hay ya algunos hitos: los periódicos deben volverse locales, personales e identificables.

  • El periódico debe volcarse hacia su comunidad, tomarle el pulso y publicarlo día tras día; descubrir qué es lo que le interesa a su audiencia en lugar de pretender dictárselo. En Reuters.com puedo saber lo que pasa en Hong Kong o Malasia; pero no lo que sucede en mi propio barrio. ¡Y esto último me interesa en grado sumo!
  • “La gente no lee”. No es verdad. La gente leería, creo yo, si se encontrase a sí misma en el texto. Las grandes historias no han pasado de moda; si cabe, se han hecho más intensas y urgentes que nunca. Ulises buscando su patria perdida, Julieta matándose por Romeo, Sócrates bebiendo la cicuta: aún conmueven, envueltas en mil disfraces, pues responden a los rincones oscuros e inexpresables de nuestras almas. Nuestras vidas están hechas de historias: ¿cómo es que los periodistas no se dan cuenta de ello?
  • Las fórmulas genéricas no sirven. Este impreso debe darme algo que ningún otro pueda: algo que lo haga distinto -no necesariamente “mejor”, sólo distinto. A menudo, ese “algo” es un atisbo a la “persona” del escritor; otras veces, el “enfoque” con que se suelen tratar los temas -con mordacidad, ligereza, suavidad, penetración… Algo que me haga comprarlo.

Panfletos, Lasch y democracia

Lo curioso, y algo en lo que, creo, no se ha reparado antes, es que si el periódico ha de renovarse, deberá volver a sus orígenes. Y ¿cuáles?

El denigrado panfleto.

Porque el panfleto, ese pasquín redactado por los vecinos de una ciudad y repartido en las calles de manera clandestina, era poderosamente local, personal e identificable. Objetivo, desde luego, no lo era; pero declaraba su partidismo abiertamente.

Exactamente igual que un blog.

El periódico desplazó al pasquín en virtud de la producción en masa, lo cual implicó una inevitable pérdida de diferenciación: los mismos contenidos para todos los lectores. Ahora, la especialización vuelve por sus fueros: el blog es el nuevo panfleto, escrito desde una perspectiva abiertamente parcial por y para la “gente común”. El fin de la centralización, en esto como en tantas cosas.

En La Rebelión de las Élites, Christopher Lasch, un brillante crítico social, hace una crónica del declive de los panfletos y del ascenso de los periódicos que arrojaría bastante luz, creo yo, sobre el arte de resucitar a los periódicos. Señala, entre otros hechos, que -contrariamente a lo que suele suponerse- el apogeo de la “objetividad periodística” coincidió con la agonía de la discusión democrática. Según Lasch, el debate es avivado por el partidismo y la libertad de información. El que dos periódicos transmitan versiones diferentes de un mismo hecho no es obstáculo para la democracia, siempre y cuando sus filiaciones políticas e ideológicas sean también declaradas. Así, los lectores pueden decantarse por una o la otra, contraponerlas y discutirlas.

Pero donde la “verdad” se impone, ¡nada hay que discutir! Peor si se trata de la “verdad” de CNN o FOX, filtrada de forma subrepticia por los intereses económicos de sus dueños y señores.

Los blogs y su éxito parecen darle la razón a Lasch: la gente quiere partidismo, personalidad y relevancia.
Y los periódicos habrán de verlo eventualmente.

Al menos, esa es mi esperanza.

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