El periodismo como conversación, o el largo camino de vuelta a casa

El periodismo como arqueología

Muchos periodistas creen que su trabajo es una variante de la arqueología que consiste en separar las brillantes migajas de la verdad del fango del engaño, la indiferencia y la vaguedad.

Muchos periodistas (más o menos los mismos) creen que el Internet ha cambiado las reglas del juego de la comunicación de tal forma que ha vuelto imposible el continuar con su honesta profesión. Al aparecer la “interactividad”, ese némesis del periodista proverbial, la verdad tan perseguida se ahoga bajo una montaña de trivialidades introducidas por incontables interlocutores en un foro virtual.

Finalmente, muchos periodistas (o editores y dueños de medios de comunicación) creen que pese a todo el modelo tradicional del periódico sigue siendo viable. “Mientras informemos veraz y ágilmente”, murmuran, “todo irá bien”.

Las tres ideas son, a mi juicio, equivocadas. Ni el periodismo consiste en “buscar y decir la verdad”, ni el juego de la comunicación ha cambiado (mal que le pese a McLuhan), ni se puede sobrevivir jugándolo como siempre.

Más aún: las tres son equivocaciones en la misma dirección. Pero para verlo, como ya he dicho en otro lado, es preciso elevarse por sobre el manto de los siglos apoyándose en la historia de las ideas. Y lo haremos, brevemente, aprovechando ante todo el magnífico La musa aprende a escribir, de Erick Havelock, un resumen de sus investigaciones sobre el paso de la oralidad a la escritura en la Grecia preplatónica y sus implicaciones sociales y psicológicas.

Platón y el miedo a la palabra muerta

En el Fedro, Platón refiere, por boca de Sócrates, el diálogo entre un rey egipcio y el dios Toth, inventor de la escritura. Toth, como Prometeo, arde en deseos de extender la escritura y el conocimiento entre todos los pueblos; el rey, mucho más cauteloso (e, intuimos, temeroso de perder su poder como resultado de esta revolución), cuestiona cada uno de los argumentos del dios. Es un diálogo breve y profético: anticipa los devaneos de los monopolios en los momentos de cambio social a lo largo de la historia.

Toth comienza defendiendo la escritura porque “hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria, ya que es un remedio contra la dificultad de aprender y retener”. El rey lo critica indicando que “la escritura no producirá sino olvido en las almas de los que la conozcan… fiados de este extraño auxilio abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar sus recuerdos cuyo rastro habrá perdido su espíritu… Porque cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes…”

De aquí concluye Sócrates (es decir, Platón) que la escritura no “transmite” ningún saber, sino que se limita a despertar en el lector el saber que éste lleva ya dentro. Un postulado bastante próximo a la realidad, tal y como nos la desvelan los estudios de la neurociencia acerca del significado (véase más adelante).

Luego, Sócrates hace una afirmación tajante y devastadora: la palabra escrita está muerta mientras que el pensamiento (y el diálogo) están vivos. La elabora hasta el final del texto mediante diversos ejemplos y metáforas:

“Este es… el inconveniente así de la escritura como de la pintura; las producciones de este último arte parecen vivas, pero interrogadlas y veréis que guardan un grave silencio. Lo mismo sucede con los discursos escritos; al oírlos o leerlos creéis que piensan; pero pedidles alguna explicación sobre el objeto que contienen y os responden siempre la misma cosa… Pero consideremos los discursos de otra especie, hermana legítima de esta elocuencia bastarda… El discurso que está escrito con los caracteres de la ciencia en el alma del que estudia… vivo y animado, que reside en el alma del que está en posesión de la ciencia y al lado del cual el discurso escrito no es más que un vano simulacro”.

(Para un breve resumen del pensamiento platónico al respecto, véase aquí).

Platón es inmensamente sabio; consigue mantenerse equidistante de los dos extremos. No puede habérsele escapado la paradoja de escribir en contra del arte de escribir; yo pienso que lo hizo a propósito.

Por una parte, como ha demostrado Havelock, el objetivo platónico era defender la escritura frente a la oralidad -la razón frente a la pasión o la tradición, la educación pública frente al adoctrinamiento ritualístico y religioso… Pero, por otra (y esto ya se le escapa un poco a Havelock y sus comentaristas), era consciente del riesgo que esto implicaba: aunque poderosa, la palabra escrita sólo puede desarrollarse en medio de una comunidad, de una sociedad que disponga del “logos” -así como sólo se puede aprender a hablar si se vive entre personas que sepan hacerlo.

Así pues, tanto Toth como el rey tienen razón -en planos diferentes; lo cual se ha podido resolver únicamente tras el descubrimiento del conocimiento procedimental y declarativo, o tácito y explícito, como indico aquí. Pero eso es otra historia… Baste con señalar que si la palabra escrita es poderosa, sólo vuelve a la vida cuando se encarna en una conversación.

La dialéctica entre escritura y conversación

La palabra escrita arranca el sentido del contexto de la conversación, fijándolo para siempre sobre un medio duradero. Y así lo eterniza -a costa de matarlo.

Pero la palabra no muere. Porque entender una idea es darle nueva vida dentro de uno mismo -como lo confirman los últimos estudios en neurociencia y la teoría del significado encarnado de Mark Johnson. Y para darle nueva vida hay que volver a emplazarla en una discusión, sea con uno mismo (que era la teoría del pensamiento de Peirce: “pensar es discutir con uno mismo”) o con los demás.

Así pues, por un lado, la palabra viva es la que nos conecta con un venero eterno de ideas y temas recurrentes en la historia humana (el “mundo III” de Popper). Pero, por otro, este venero sobrevive únicamente en la medida en que se reencarna en cada uno de nosotros -cuando damos a luz a la palabra viva.

Cada vez que amamos, odiamos, tememos y cantamos; cada instante de agonía, aflicción, gloria, triunfo y esperanza forman parte de una infinidad de instantes semejantes que atraviesan como un hilo rojo a una infinidad de personas y lugares. La palabra es este hilo rojo -siempre y cuando seamos capaces de revivirla día tras día.

Así, las palabras nunca ha muerto -al menos las verdaderas, las que servían de puente hacia “el eterno humano”. La interactividad siempre ha estado ahí, sólo que oculta dentro de cada casa o en cada mesa de café -o, más aún, en cada cabeza.

Otra forma de decir lo mismo es que no se trata de haber pasado de una cultura “oral” a una cultura “escrita”; las culturas escritas siguen siendo orales, sólo que de otra manera.

El periodismo como conversación aplazada

Como casi todo, el periodismo puede verse de manera estática o dinámica. La perspectiva estática enfatiza el resultado por sobre el proceso, la noticia publicada por sobre la redacción e investigación. Según ella, el periodista escribe su nota sobre un tema determinado, la nota se publica y sanseacabó, a otra cosa.

Pero la perspectiva dinámica nos devuelve al movimiento que subyace a la aparente calma. La nota es leída por algunas personas; suscita controversia, comentarios, críticas o reflexiones que, o bien se quedan en su fuero interno, o bien las mueven a hacer comentarios con sus allegados. Igualmente, la nota se deriva de anteriores diálogos del periodista con personas, lugares o referencias, condensándolas para beneficio de sus lectores. Es, en suma, un retazo del tiempo congelado en blanco y negro.

La nota periodística es uno de los puntos de partida y de llegada de las conversaciones que tejen una sociedad. Más que ofrecer “datos”, el periodista ofrece guías: diferencia lo importante de lo intrascendente, permitiéndole así a la sociedad contemplarse a sí misma. La nota periodística no es un ítem de verdad sino un componente más de la eterna conversación que es una sociedad; si se quiere, los periódicos son los hitos o puntos de referencia en dicha conversación -pero nunca su contenido ni su finalidad.

Y eso siempre ha sido así. La palabra nunca ha muerto, la interactividad siempre ha estado presente.

Desde luego, cuando la nota se publicaba en un periódico, la “circularidad” del proceso se volvía invisible, pues las discusiones se daban más allá del ojo del periodista. De vez en cuando volvían al periódico a través de las “cartas al Editor”; pero en su mayoría se perdían en la sociedad como las ondas sobre un lago.

Mucha gente cree que el Internet y los blogs han cambiado esto introduciendo la interactividad en la comunicación masiva. Pero no es cierto. Lo que sí que han hecho es evidenciar una interactividad que corría antes por canales mucho más lentos, diversificados y soterrados. Hasta hace quince años, el lector discutía las noticias con sus amigos o familiares; ahora, lo hace con cualquiera que pueda acceder a un terminal de computadora. Las conversaciones que eran aplazadas y silenciosas han devenido gracias a la Red instantáneas y bulliciosas.

Pero siempre estuvieron allí.

El largo camino de vuelta a casa, o qué ha de hacer el periodista

De este modo, los temores platónicos se han aquietado -pero después de haberse exacerbado. Hemos regresado a casa luego de dar la vuelta al mundo. (En justicia, ya McLuhan intuyó este desenlace en su Galaxia Gutenberg). La palabra escrita se ha alejado cada vez más del diálogo y la conversación; ha ido muriendo lentamente desde hace diez siglos. La crisis de la prensa tradicional es un suspiro más en esta agonía.

Pero el Internet ha asestado el golpe de gracia no por medio de un cambio irrefrenable sino de un retorno a los orígenes: el texto se ha reencontrado con la charla, el “post” con el “chat”, la noticia con el foro. El Internet cierra el círculo de la conversación y emplaza la palabra en el seno de su madre, la conversación, en tiempo real y de manera automática.

Sócrates dialogaba con sus discípulos y denunciaba la perfidia de la palabra escrita; no conservamos ninguno de sus textos originales, porque nunca los registró. Platón consignó en sus Diálogos sus revolucionarias y a ratos contradictorias ideas -que han sido el centro de gravedad de la filosofía occidental hasta el presente, mediatizadas por incontables lecturas. De este modo, durante siglos, los escritores han congelado sus postulados en libros que los lectores debían descongelar para reincorporar a la vida diaria. En estas conversaciones, cada turno duraba años o siglos: Joyce replica a Shakespeare, que discute con Marlowe, quien polemiza con Virgilio.

Ahora, un ciudadano de casi cualquier país puede opinar en una discusión global acerca del futuro del mundo y recibir respuesta en horas o días, como si se tratase de un “foro” de la Atenas clásica. Como suele hacer, la historia nos ha devuelto a un mismo punto pero en un nivel más alto de la espiral.

Y ¿cuál es el papel del periodista en esta época? Ser partícipe del diálogo desde su posición, que le facilita algunas cosas y le impide otras. Entenderse como un circunstante más y no como el único; un interlocutor privilegiado, tal vez, pero jamás “imparcial”.

Pero de eso, más adelante…

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