Miedo

El enemigo del amor no es el odio sino el miedo.

Creo que Gibran escribió esta frase. Tal vez sea de alguien más. En cualquier caso, me parece maravillosa. Condensa en diez palabras el sentido de la terapia.

Ante el miedo, a veces reaccionamos aferrándonos a nuestro poder. (Esa es la base de la aún joven pero prometedora “Terror Management Theory“). A nuestras creencias, a nuestra seguridad, a nuestras “pequeñas diferencias“. Creo que esa sería la respuesta puramente yang; y como todo lo puro, es quizá desequilibrada. Es, digamos, el lado oscuro de la fuerza: la creencia de que el poder (externo) mantendrá a raya a nuestros demonios (internos).

(Nunca lo hace, dicho sea de paso… Por el contrario, los fortalece).

Otras veces, muy pocas, nos entregamos al miedo -sin miedo. De alguna manera, nos sentimos más seguros y confiados y nos atrevemos a contemplar la incansable complejidad del universo -sin controlarla, sin negarla, sólo observándola.

¿De dónde sale esa confianza? No lo sé. Creo que es algo imposible de saber.
Creo que si lo supiésemos, el juego de la vida dejaría de ser apasionante.

El poder, de algún modo, nos vuelve rígidos. Endurece nuestra piel y la convierte en una coraza, como la corteza de un árbol viejo y cansado. El miedo nos carcome por dentro. Y duele; pero, tarde o temprano, resquebraja la corteza, y una nueva madera saluda al sol y al rocío.

Gracias pues al miedo, porque nos hace estar vivos -una, otra y otra vez.

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