“Me imagino lo que siente”: qué es y qué no es la empatía

La empatía es una constante en los procesos contemporáneos de formación de terapeutas. Se insiste todo el tiempo en que deben “ser empáticos”, “ponerse en el lugar del paciente”, “reflejar sus sentimientos”… Se los reconviene si no lo hacen. A veces se les enseñan técnicas que, supuestamente, la favorecen; frases hechas como “debe ser duro para ti”, “me imagino lo que debes estar sintiendo”, “debes sentirte muy mal”.

El énfasis es sin duda apropiado: la investigación ha demostrado que la empatía es requisito indispensable para una alianza terapéutica exitosa y que los terapeutas que la demuestran son mejor valorados y más escuchados por sus clientes. Pero la definición es con frecuencia incorrecta –lo que conduce a un extravío en la enseñanza y la práctica. Pues ser empático no es “ponerse en la piel del otro” ni “compartir sus sentimientos”. Es una destreza mucho más compleja, potente –y mejorable.

Rogers: el pionero y su involuntaria confusión

No es extraño que se dé este malentendido; lo propició el mismo pionero de la empatía en psicoterapia, Carl Rogers, que da varias definiciones de ésta, cada vez más sofisticadas, a lo largo de su carrera. La más importante y recurrente hace uso de la metáfora –el tentáculo que extiende el lenguaje cuando busca palpar un territorio nuevo y desconocido: “entrar en el mundo perceptivo privado del otro volviéndolo familiar para nosotros”. Esta metáfora del “habitar”, tan fructífera, transmite algo de la “atmósfera” empática –pero poco de sus especificidades; es útil para insinuar sus efectos, no para propiciarla, estudiarla o aprenderla.

Pero cuando Rogers trata de precisarla diciendo “es vivir temporalmente la vida del otro, moviéndose en ella con delicadeza y sin hacer juicios de valor” contribuye, involuntariamente, a la infinidad de malentendidos que empañan el concepto y dificultan inmensamente la enseñanza y práctica de la psicoterapia hasta hace no mucho.

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Emoción en la Organización: Conferencia Inaugural del Congreso Internacional en Organizaciones

La semana pasada fui invitado a impartir la Conferencia Inaugural del “Primer Congreso Internacional de Investigación e Intervención en Organizaciones” en el Centro de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad de Guadalajara. El tema: los modelos actuales de investigación e intervención en organizaciones.

La investigación e intervención en organizaciones ha avanzado rápidamente en las últimas dos décadas, jalonada por los descubrimientos en psicología y neurociencia. Lo cual no es nuevo, pues ya desde un principio el management creció reflejando los planteamientos de la psicología. Así, el interés del conductismo watsoniano de dividir las acciones en conductas discretas, observables y predecibles se refleja en el “management científico” de Taylor y su afán de economizar encontrando el tiempo mínimo de realización de un movimiento específico dentro de una cadena de producción en masa; y el “refuerzo” de Skinner, que aumenta la frecuencia de la conducta, es el núcleo del “management por objetivos” propuesto por Peter Drucker en los años 60. Continue reading

El fetichismo de la técnica, o cambiarse a uno mismo

Ya he hablado del fetichismo de la técnica antes: de cómo, fascinados por una técnica terapéutica aparentemente mágica, olvidamos que las personas y las familias también piensan; cómo el centrarse en la técnica conduce al culto a la personalidad y a la visión del terapeuta como gurú; cómo el origen del fetichismo de la técnica es el deseo de paliar el temor del terapeuta al fracaso; y cómo ciertas teorías (o al menos, la manera en que son publicitadas) parecen favorecer el fetichismo técnico por encima de la formación humanista e integral del terapeuta.

A mi juicio, el fetichismo de la técnica (al que podríamos añadir el “fetichismo de la teoría”) hunde sus raíces en la formación de los psicólogos y gestores del cambio en nuestra sociedad. Si los psicólogos se creen con facilidad las audaces pretensiones de teorías o métodos no apoyados por la evidencia es porque no han sido entrenados para observar y poner en discusión sus propias ideas. En suma, porque son formados como técnicos, no como científicos; se les enseña a “aplicar” técnicas, no a desarmarlas, criticarlas, modificarlas o crearlas ex novo.

También por esto es que prácicamente no existe la investigación científica en psicología en Ecuador. Pues la ciencia, desde mi punto de vista, es sencillamente la disciplina de decir las cosas con tanta claridad que no podamos engañarnos acerca de su validez; y, a fortiori, de someterlas continuamente a prueba en la experiencia concreta y a discusión con los colegas.

Desgraciadamente, tampoco existen espacios de debate o discusión para los psicólogos y psicoterapeutas del Ecuador; a lo sumo, hay círculos donde los adeptos a cierta teoría se reúnen para repetir la homilía de los padres fundadores.

¿Fetichismo?

Hablar de “fetichismo” en este contexto parece escandaloso y polémico. Pero creo que es apropiado. El fetichismo consiste en otorgar a un ser inanimado características que sólo puede demostrar un ser vivo. Por ejemplo, el fetichista sexual se excita con las botas de aguja y la ropa de cuero, no con el cuerpo de su pareja; el fetichista de la mercancía de Karl Marx otorga a los bienes creados por el hombre una voluntad autónoma, etc. (Tal vez fue Erich Fromm el primero en aunar ambas vertientes al definir el fetichismo como una consecuencia del “culto a la muerte”, la necrofilia).

En la terapia o los procesos de cambio humano, el fetichista de la técnica es quien entrega a ésta el poder de generar o acelerar las mejorías de las personas. Es decir, es la técnica correctamente ejecutada, y no su artífice, quien produce el cambio. La técnica, no la persona, es el protagonista.

Una variante de esto es el “fetichismo de la teoría”: la creencia de que cuanto más profunda, erudita y densa sea la teorización de un caso, más probabilidades hay de mejoría. Los psicoanalistas (ante todo los lacanianos) son particularmente proclives a este error.

La observación atenta y desapasionada sugiere que en ambos casos se entrega a un agente inanimado (la técnica o la teoría) responsabilidades y competencias que sólo un ser vivo puede ejercer.

Acallar el miedo

Pero ¿por qué lo hacemos?

Las profesiones psi son particularmente difíciles, por varias razones. Una, la gente no cree en los psicólogos (en buena medida, porque los psicólogos no hemos hecho nada para que nos crean); dos, para muchos representantes del resto de ciencias, la psicología es, en el mejor de los casos, una disciplina “blanda”, carente de objetividad; y, en el peor, un conjunto de despropósitos bienintencionados pero inútiles.

En Ecuador, por ejemplo, el grueso (por no decir la totalidad) de la producción científica en ciencias sociales se limita a la sociología, la antropología y la politología (o “ciencia” política). Salvo honrosas excepciones, brillan por su ausencia cátedras de posgrado en psicología social, aplicaciones de la psicología al problema del desarrollo y la pobreza, etc. Sociólogos, antropólogos y cientistas políticos ven a los psicólogos por encima del hombro. (Con razón: cuando les piden una explicación sólida y convincente de algún problema social, la mayoría de psicólogos responden con la “baja autoestima” y otros conceptos-comodín de dudoso valor científico).

Por esto, muchos psicólogos naufragan en el intento de convencer a los demás de su utilidad. Terminan tirando la toalla y trabajando en cualquier otra cosa. Y cuando deciden perseverar, sobre todo en el ámbito de la atención pública, reciben casos desesperados y que nadie más quiere o puede atender.

¿Cómo sobrevivir? Un recurso fácil (pero, a la larga, autodestructivo) es apelar al fetichismo de la técnica. Tomo unos cuantos cursos en una técnica que se presenta como increíblemente eficaz; así, cuando me viene un paciente con el que no sé tratar, se la aplico ¡y listo! Mi única responsabilidad es hacerlo correctamente; pero la técnica misma se encarga de producir el cambio. Yo no tengo por qué comprometerme, ni reflexionar acerca de mi práctica cuando no funciona. (De hecho, si no funciona, lo más probable es que nunca me entere, porque el paciente dejará de asistir sin comentármelo. ¡Así de buenos son los pacientes!)

El fetichismo, como también señalara Fromm, sirve siempre para acallar un miedo: el de enfrentarse a la incertidumbre, de aceptar que no tengo control sobre las cosas, de sumergirme en el abismo, a veces sublime y a veces terrorífico, del alma de otra persona.

De este miedo a la incertidumbre se aprovechan los adalides de las técnicas mágicas: “con esto se puede curar cualquier cosa”, afirman, haciendo un daño inconcebible tanto a los psicólogos como a los pacientes.

¿Qué se necesita para cambiar?

A este respecto, la investigación es indiscutible. Desde el punto de vista del paciente, todo cambio duradero y positivo requiere de dos componentes: un sólido compromiso y una atención permanente. Sin compromiso y atención, los cambios son pasajeros -y, a veces, contraproducentes.

Desde el punto de vista del terapeuta, favorecer el cambio supone atender a dos “factores comunes” de toda terapia: la calidad del contrato terapéutico (¿qué es lo que vamos a hacer? ¿Con qué objetivos? ¿Cómo sabremos que hemos tenido éxito o que estamos fallando?) y la alianza terapéutica. Es decir, la confianza que el paciente deposita sobre el terapeuta y la esperanza que abriga de, con su apoyo, mejorar.

Cuando no hay compromiso, las personas terminan decepcionadas. La mejor terapia es la que convierte al paciente en su propio terapeuta. Pero si el “principio activo” del cambio es la voz del terapeuta, o su ritmo, o un aparato que me pone sobre las sienes; si, como se diría en teoría cognitiva, la atribución es totalmente “externa”, el paciente termina convencido de que el problema se escapa de su esfera de influencia y de que puede modificarlo sin involucrarse personalmente. Puede sentirse mejor frente a una cosa; pero se considera menos competente de cara a su vida en general.

Personas, no técnicas

Es hora de regresar a las personas, no a las técnicas o las palabras. De volvernos humildes en nuestros logros pero aventurados en nuestras hipótesis. De admitir que podemos hacer poco, pero extremadamente valioso. Que no tenemos la panacea para curar todo sufrimiento, pero sí la certeza de que el sufrimiento es humano, legítimo, imprescindible en una vida bella y llena de sentido.

Es hora de perfeccionar la formación de terapeutas y agentes de cambio, de ayudarlos a reflexionar acerca de sí mismos y sus supuestos.

Es hora, en definitiva, de recordar que el terapeuta también es una persona; y que, si quiere cambiar el mundo, ha de empezar por cambiarse a sí mismo.