Silogismo búdico

En búsqueda del toro...

Una forma extremadamente simplista de resumir la doctrina del Buda (el budismo primitivo o Theravada) sería el siguiente aforismo: “El sufrimiento es universal; pero siempre es un yo el que sufre; por consiguiente, acabando con el yo cesa el sufrimiento”.

Con esta convicción se inició un experimento que continúa hasta hoy, uno de los más fructíferos, audaces y portentosos de la historia humana: el de “matar al yo”.

Ahora bien: el del Buda es casi un silogismo, y como tal, inatacable. El problema verdadero surge en cuanto se intenta poner en práctica su consejo, porque ¿quién ha de “matar al yo”?

Diversas soluciones han surgido a lo largo del tiempo; el mismo Buda parece haber propuesto una suerte de recurso, los “tres Refugios”: la Doctrina, la Comunidad de monjes y la figura del propio Buda (no necesariamente sagrada: sobre esto no hay acuerdo…)
Por desgracia, en muchas ocasiones estos Refugios han devenido un reducto de sucesión apostólica –cosa que el Tathagata, El-que-así-ha-venido (como se hacía llamar), seguramente hubiera desaprobado.

Muchos otros aventureros han hecho el mismo descubrimiento de manera independiente. El mismo, o casi el mismo –y en el “casi” está el quid. Por ejemplo, podríamos ver en el “noble salvaje” de Rousseau al monje mendicante budista, que se retira del mundo para encontrar su verdadera esencia salvífica; o dejarnos engañar por Schopenhauer y esmerarnos en reprimir nuestros deseos y coartar nuestra voluntad –cayendo así bajo el imperio de otros deseos y otras voluntades, no menos egoístas.

Podríamos también seguir el razonamiento de Hume y escudriñar nuestro interior en pos del “yo”, del “observador invisible” que somos o creemos ser –del supuesto autor de nuestros pensamientos…

En el Dhammapada o “declaración de principios”, una colección de dichos atribuida al Buda, se encuentra esta magnífica metáfora:

Te han visto, constructor de la casa: no reconstruirás.

El “constructor” es el deseo o ansia de seguir viviendo; alternativamente, el “yo” que construye una ilusoria trama renaciendo día tras día. Estos son los versos que pronunció el Buda en el momento de la iluminación: habiendo descubierto la trampa del constructor de su “casa”, se deshizo de él –y de la cadena de nacimientos y muertes, del inexorable sufrimiento.

Mas ¿quién había visto al constructor?

Mas el toro no existía...