Para Natalia

Un beso, y mucha suerte,

Dondequiera que estés.

Libre…

— I am a gentleman in a dustcoat trying
To make you hear. Your ears are soft and small
And listen to an old man not at all,
They want the young men’s whispering and sighing.
But see the roses on your trellis dying
And hear the spectral singing of the moon;
For I must have my lovely lady soon,
I am a gentleman in a dustcoat trying.

— I am a lady young in beauty waiting
Until my truelove comes, and then we kiss.
But what grey man among the vines is this
Whose words are dry and faint as in a dream?
Back from my trellis, Sir, before I scream !
I am a lady young in beauty waiting.

John Crowe Ransom, Piazza Piece

Sólo un mundo de rocío

Si la vida es sólo un sueño, ¿a qué equivale el despertar?

Never seen a blue sky
Yeah I can feel it reaching out
And moving closer
There’s something about blue
Asked myself what it’s all for
You know the funny thing about it
I couldn’t answer
No I couldn’t answer

Things have turned a deeper shade of blue
And images that might be real
May be illusion
Keep flashing off and on

Free
Wanna be free
Gonna be free
And move among the stars
You know they really aren’t so far
Feels so free
Gotta know free
Please
Don’t wake me from the dream
It’s really everything it seemed
I’m so free
No black and white in the blue

Everything is clearer now
Life is just a dream you know
That’s never ending
I’m ascending

Yoko Kanno, Blue

Pero el hombre siempre mata lo que ama

Una de las historias más conmovedoras es la tragedia de Odiseo, vagando sin descanso entre los dedos de los dioses hasta llegar, viejo y cansado, al lecho de Penélope.

Una mujer que valía la pena buscar.

Valía la pena matar por ella, o arriesgar la vida; porque ¿qué era la vida, sin ella?

Valía la pena, como Nausícaa.

Nausicaä
…una joven igual a las diosas en su porte y figura, Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo… Y Nausícaa, de blancos brazos, dio comienzo a la danza. Como Artemis va por los montes, la Flechadora, ya sea por el Taigeto muy espacioso o por el Erimanto, mientras disfruta con los jabalíes y ligeros ciervos, y con ella las ninfas agrestes, hijas de Zeus portador de la égida, participan en los juegos y disfruta en su pecho Leto… (de todas ellas tiene por encima la cabeza y el rostro, así que es fácilmente reconocible, aunque todas son bellas), así se distinguía entre todas sus sirvientas la joven doncella.Homero, la Odisea




En la mar

Nuestras vidas son los ríos
Cuando murió su padre, Jorge Manrique compuso sus famosas Coplas: Recuerde el alma dormida, Avive el seso e despierte…

La tercera estrofa empieza con una de las metáforas más recurrentes en la historia de la poesía -y el mundo:

Nuestras vidas son los ríos
Que van a dar en la mar
Que es el morir…

Recortó los cables con un diamante
Cuando murieron sus padres, Fito Páez compuso Parte del Aire. Quizá sin darse cuenta, volvió sobre la misma útil metáfora:

Dónde va la gente y su corazón
donde van los años y este dolor
y dónde voy yo… no me importa ya
Vengo de los ríos que dan al mar…

Adiós
Cuando murió su padre, Astor Piazzolla compuso Adiós Nonino, su tango por antonomasia, intenso, amable, sutil y desgarrador.

No hay más que una manera
También sin pretenderlo, seguramente, Tim Burton repite (al final de Big Fish) el sabio consejo de Manrique:

que aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo
su memoria

Sabio. Es, no me cabe duda, la única manera de sobrevivir a la muerte.

Ambos sostienen lo mismo

Uno de los temas preferidos de los filósofos es la muerte.

Y aquí, como siempre, tenemos al menos dos grandes tradiciones contrarias.

Sócrates

Ante todo, el gran Sócrates, quien (hasta donde sabemos) pensaba que “la filosofía es una preparación para la muerte”.

De lo que se deduce que el tema que ocupa permanentemente al auténtico filósofo es el fin de la vida; y que su filosofía es, en el fondo, un continuo entrenamiento en el desapego.

Spinoza

Pero tenemos a Spinoza, quien decía (y cito de memoria): “El hombre saludable en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría es acerca de la vida, no de la muerte”.

No cabe duda de que Spinoza conocía la opinión socrática, ni de que su propia postura era, en buena medida, una rebelión contra una tradición tan noble y poderosa. Desde su perspectiva, bella y elegante, pretender “desapegarse” de la existencia sería tan absurdo como pretender arrancarse los propios huesos. Ningún ser vivo, en tanto que vivo, puede abdicar de su vida. Eso va en contra de su naturaleza.

La muerte y el astrólogo, de Holbein

Así, la filosofía nos prepara para la muerte -pero nos impide pensar en ella.

¡Pero esto no tiene sentido!

O tal vez sí…

Tal vez, sin que Sócrates ni Spinoza lo sospecharan, estaban sosteniendo una y la misma cosa.

Tétrico, tierno y triste

Había una vez dos psicólogos inmensamente eruditos, respetados, influyentes y activos, a los que les atraían las cosas extrañas.

William James

Uno era William James, hermano del genial Henry James y autor del más importante manual de psicología en la historia de la disciplina.

James, cuya vida fue ajetreada y compleja, incursionó valientemente en terrenos desgraciadamente olvidados o maltratados; entre otras cosas, la influencia de las drogas psicoactivas en el pensamiento, el significado y morfología de la experiencia religiosa y los fenómenos paranormales. Hoy se le recuerda ante todo por su versión del pragmatismo, por la idea del torrente de consciencia y por su visión individualista de la religión.

F. W. H. Myers

El otro era Frederick W. H. Myers, presidente y cofundador de la Society for Psychical Research, la primera organización dedicada exclusivamente al estudio de los fenómenos paranormales. (De paso, fue Myers quien introdujo a Freud a los lectores de habla inglesa. No sé si agradecérselo o reprochárselo…)

Pero volviendo al tema, la época de James y Myers presenció una súbita y fabulosa explosión de fenómenos paranormales -categoría que, entonces, incluía cosas como la hipnosis, el sonambulismo, el espiritismo, la “doble personalidad” y la levitación -todo lo que no encajase en el positivismo decimonónico. Katie Fox se comunicaba con los espíritus, que le respondían mediante chasquidos (provenientes, en realidad, de las articulaciones de sus rodillas). Daniel Douglas Home salía de casa por una ventana y volvía a entrar por la otra -¡sin tocar el suelo!

En fin: un poco como ahora, sin ovnis, new age, “regresión” ni “aromaterapia”.

Pues bien: como no podía ser de otro modo, Myers y James se hicieron buenos amigos. Y, movidos por sus comunes intereses macabros, firmaron un pacto ominoso e impresionante para probar irrevocablemente la supervivencia del alma después de la muerte.

El relato se encuentra en la autobiografía de un perfecto desconocido, el doctor Axel Munthe. Y es a la vez tétrico, tierno y triste.

tétrico, tierno, triste

Juzgad mi sorpresa cuando en el paciente [Myers] reconocí a un hombre al que había amado y admirado durante años, como todos los que lo conocieron… Su respiración era superficial y muy dificultosa, su cara estaba cianótica y agotada, sólo sus maravillosos ojos se veían igual que siempre. Me ofreció su mano y dijo que se alegraba de que por fin hubiera ido, que había anhelado mi retorno. Me recordó nuestro último encuentro en Londres, donde cené con él en la Sociedad para Investigaciones Psíquicas; había pasado la noche entera despierto hablando sobre la muerte y lo que habría después… Nosotros, los médicos, nada podíamos hacer, salvo ayudarle para que no sufriera demasiado.

Mientras hablábamos, el profesor William James, famoso filósofo y uno de sus mejores amigos, entró en la habitación… y me habló del solemne pacto que había hecho con su amigo, según el cual el que muriera primero debía enviar un mensaje al otro mientras pasaba hacia lo desconocido, ya que ambos creían en la posibilidad de semejante comunicación. Estaba tan agobiado por el pesar que no pudo entrar en la habitación; se dejó caer en una silla junto a la puerta abierta, con el cuaderno sobre las rodillas y el lápiz en la mano, preparado para apuntar el mensaje con su proverbial exactitud metodológica.

Por la tarde se presentó la respiración Cheyne-Stokes, esa desgarradora señal de una muerte inminente. El moribundo quiso hablar conmigo. Su mirada era serena y apacible.

– Sé que voy a morir -dijo-. Sé que usted va a ayudarme. ¿Será hoy o mañana?
– Hoy.
– Me alegro, estoy preparado. No tengo nada que temer. Por fin lo sabré. Dígale a William James, dígale…

Su pecho jadeante permaneció inmóvil en un terrible minuto de suspensión de la vida.

– ¿Me oye? -pregunté inclinándome sobre el moribundo-. ¿Está sufriendo?
– No, estoy muy cansado y feliz -murmuró.

Esas fueron sus últimas palabras.

Cuando salí William James seguía sentado, recostado en la silla, cubriéndose la cara con las manos y el cuaderno aún abierto apoyado en las rodillas.

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