Sólo podrás verlo cuando lo hayas olvidado

Señor Dios, soy Anna

Uno de los mejores libros de teología que existen se titula Señor Dios, soy Anna, y fue escrito por un tal Fynn. Plantea una visión de Dios y su relación con el ser humano sumamente revolucionaria en los tiempos que corren -aunque heredera de la teología negativa o apofática, la suposición (que comparto) de que nada de lo que podamos decir de Dios tiene sentido alguno -ya que Él, o Ello, trasciende todo concepto y posibilidad.

Los paralelismos entre la teología apofática de Nicolás de Cusa o Dionisio el Areopagita, el taoísmo y el budismo saltan a la vista. Lo maravilloso es la manera en que Anna transmite conceptos en apariencia tan difíciles:

Cuando uno es pequeño, “entiende” al Señor Dios, que está allá arriba sentado en su trono, de oro naturalmente; usa barba y corona, y todo el mundo se enloquece cantándole himnos. Dios es útil, y uno le utiliza. Se le pueden pedir cosas, puede dejar a los enemigos de uno más muertos que una piedra, y es excelente para hacer el mal de ojo al matón del barrio, para que le salgan verrugas y cosas así. El Señor Dios es tan “entendible”, tan útil y tan práctico que resulta como un objeto; tal vez sea el más importante de todos los objetos, pero de cualquier modo es un objeto y se le entiende de punta a cabo. Más adelante, uno “entiende” que él es un poco diferente, aunque todavía puede captar de qué se trata. ¡Pero por más que uno le entienda a él, parece que él ya no le entiende a uno! Como no parece entender que uno simplemente necesita una bicicleta nueva, el “entendimiento” que uno tiene de él va cambiando un poquito más. De cualquier manera o condición que uno entienda al Señor Dios, le disminuye de tamaño; lo convierte en una más de tantas y tantas entidades que se pueden entender. De manera que a lo largo de la vida de cada uno, el Señor Dios sigue continuamente desprendiéndose de aspectos y pedacitos, hasta que llega el momento en que uno admite, libre y sinceramente, que no comprende en absoluto al Señor Dios. En ese momento es cuando uno deja que el Señor Dios tenga su verdadero tamaño, y ¡cataplún!, helo ahí riéndose de uno.

Intensamente

Nadie lo conoce. Casi nadie, al menos -¡del resto, ya me he ocupado!

Nadie lo conoce, y tampoco yo, en realidad.
Y aunque no lo conozco, lo admiro intensamente.

Desde Problems of Religious Knowledge hasta Philosophical Darwinism, desde Cuando se quiebra la rama dorada hasta Relationship and Solitude… Cada vez que lo leo aprendo algo nuevo, algo fantástico y maravilloso, algo tan simple que es sublime.

Capaz de explicar a Kant y a Freud con la ingenuidad y la dulzura de un niño, de ironizar sobre Rorty con la perspicacia de un sabueso, de desmentir a Foucault con la habilidad de un mago.

(No en vano tuvo la excepcional oportunidad de estudiar con los dos filósofos más relevantes del siglo pasado: Ludwig Wittgensteiny Karl Popper).

Acabo de releer Philosophy and the Mirror of Rorty, por cierto, y ¡lo he disfrutado como nunca!

Gracias, Peter Munz.

El enigma del mal

Baphomet
Todo filósofo, todo teólogo, todo ser humano afronta, por fuerza y tarde o temprano, uno de los problemas más intrigantes, complejos y urgentes de la historia: el enigma del mal.

El problema, en sí, es muy simple, casi infantil: ¿por qué existe el mal? ¿Cuál es la razón del sufrimiento, la injusticia, el pecado, la muerte?

Y, en el fondo, las respuestas son igual de simples e infantiles:

1. En realidad, no existe: el mal es una ilusión. La respuesta relativista. También podría ser la respuesta gnóstica -suponiendo, como muchos gnósticos, que lo que creemos “real” es una ilusión forjada por un dios menor, el Demiurgo (o, en términos contemporáneos, la Matrix).

2. En realidad, existe, pero no es tan grave como parece. Aquí caben varias divisiones:
-Existe, pero forma parte del Plan Divino, de tal modo que “no es tan malo”.
-Existe, pero no como fuerza positiva, sino meramente como “ausencia de bien”. La respuesta tomista.
-Existe, pero “por nuestro propio bien”: la respuesta ascética. En definitiva, una forma más evolucionada de la anterior.
-Existe, pero Ad majorem Dei gloriam: la respuesta autoritaria.
-Existe, pero perderá la batalla final: la respuesta futurista-utópica (cristiana, sin duda, pero también marxista).

3. En realidad, existe; y es tan grave como parece. Pero así es como debe ser: la respuesta taoísta (si alguien se atreve a interpretar a los taoístas…) El Mal y el Bien, en eterno equilibrio. Lo que nos lleva a

4. Existe; es grave; y no es así como debe ser -no hay ningún Equilibrio que preservar. Pero todo da lo mismo, nada importa. Porque nada existe, en realidad, con independencia de nada más. La respuesta del budismo primitivo (y tal vez del hinduismo).

Ninguna es demasiado satisfactoria; ninguna es concluyente ni irrebatible. La enredadera de la razón roba la savia del tronco de la fe.

Pero son respuestas valientes, a su manera; respuestas a las que apelamos cuando la tormenta arrecia.

Respuestas que hablan de lo que somos, en lo más profundo, desnudos de máscaras y torpes atavíos; cuando salimos al viento, indefensos como niños.