Memories of Green

[1:19]

Rachael: You think I’m a replicant, don’t you? [pause] Look, it’s me with my mother.
Deckard: Yeah. [pause] Remember when you were six? You and your brother snuck into an empty building through a basement window… you were gonna play doctor. He showed you his, but when it got to be your turn you chickened and ran. Remember that? You ever tell anybody that? Your mother, Tyrell, anybody, huh? You remember the spider that lived in a bush outside your window… orange body, green legs. Watched her build a web all summer. Then one day there was a big egg in it. The egg hatched…

[2:19 – Soundtrack: Memories of Green, Vangelis]

Rachael: The egg hatched…
Deckard: Yeah…
Rachael: … and a hundred baby spiders came out. And they ate her.
Deckard: Implants! Those aren’t your memories. They’re somebody else’s. They’re Tyrell’s niece’s. [pause] Okay, bad joke. I made a bad joke. You’re not a replicant. Go home, okay? No really, I’m sorry. Go home. [pause] Want a drink? I’ll get you a drink. I’ll get a glass. [Rachael runs away when Deckard turns to get a glass. Then, Deckard looks at Rachael’s photo.]

Bladerunner, de Ridley Scott

[audio:mog.mp3]

La culpa es de los psicólogos, o “baja autoestima”

Con cierta frecuencia, al empezar una conversación (terapéutica o no), las personas me dicen: “Ah, ¿psicólogo? ¡Yo no creo en los psicólogos!”

Tienen toda la razón. Yo tampoco creería, visto lo visto.

Freud

Pues me parece a veces que los psicólogos creamos más sufrimiento del que intentamos evitar.

Un ejemplo célebre es Freud, cuyas audaces ideas del primer cuarto del S. XX se convirtieron en dogmáticas “certezas” en el segundo cuarto. Por ejemplo, que los recuerdos dolorosos “se reprimen inconscientemente” (falso y peligroso), que las fobias tienen su origen en problemas sexuales (falso y además ridículo), que la curación de un trastorno pasa por “recordar” el “trauma” que lo causó (falso, peligroso y doloroso)… En fin: certezas que todavía hoy circulan en los libros de psicología popular y los especiales televisivos. Certezas que causan problemas y agravan los ya existentes.

Una persona acude al psicólogo para que la ayude a no tener miedo de las arañas; éste afirma que “toda fobia tiene su origen en la sexualidad” y que para ayudarla será necesario indagar en su relación con sus padres, lo que tomará, al menos, seis meses a razón de una sesión a la semana. La persona sale de la consulta sintiéndose inútil e indefensa. Antes tenía sólo una fobia; ahora tiene una fobia, una dificultad sexual indefinida y la creencia de que sin seis meses de hurgar en su pasado jamás podrá mejorar.

Parece una caricatura pero sucedió en la realidad (he cambiado algunos datos para mantener la confidencialidad de quien me lo contó).

Hoy en día, la fuente más importante de sufrimiento gratuito es el “autoestima”. La mayor parte de gente que atiendo afirma tarde o temprano que “tiene baja autoestima”; más aún, que esa es la “causa” de sus problemas. “Como tengo baja autoestima, no puedo… (conseguir o mantener un buen trabajo, dejar a mi actual pareja, llevarme bien con mis hijos, etc.)”

Es culpa nuestra: casi cada vez que escucho a un psicólogo en la radio o la televisión sale a relucir la bendita “autoestima” como “explicación” de los problemas. Existen innumerables sitios que aconsejan cómo “aumentar” el autoestima, libros que prometen métodos fáciles y rápidos, cursos… Toda una industria. La noción de “autoestima”, alguna vez útil, ha sustituido a la de “complejo” a la hora de ofrecer explicaciones simplistas y rápidas para casi cualquier malestar.

El problema es que no sirve de nada.

Porque el autoestima es sencillamente el resultado de comparar nuestros logros o capacidades con la magnitud de nuestras dificultades. Si nos consideramos fuertes, competentes, hábiles, lo suficiente como para afrontar lo que anticipamos que se nos avecina, el saldo es positivo y nuestra autoestima sólida; si nos vemos más débiles de lo que creemos necesitar para plantar cara a nuestras dificultades, nuestra autoestima cae en números rojos.

En otras palabras, el autoestima cambia continuamente en función de qué tan graves son nuestros problemas y de cuántos recursos disponemos para resolverlos. No es, en sí misma, causa de nada. De poco sirve “fortalecerla” artificialmente porque, por más que nos sintamos mejor, nuestros problemas siguen presentes. Y como no hemos aprendido nuevas maneras de abordarlos, fallamos y nos volveremos a sentir inútiles o fracasados; y regresamos a la librería en pos de un nuevo texto de autoayuda o un nuevo “taller de desarrollo personal”… El ciclo vuelve a empezar.

(Como el velocímetro de un auto. Cuando aceleramos, el velocímetro aumenta; pero no podemos acelerar empujando la aguja del velocímetro…)

Lo que cabe hacer es no “aumentar” el autoestima sino ayudar a la persona a desarrollar recursos nuevos para resolver sus problemas; porque cuando lo haga, su autoestima mejorará por sí sola. Tal vez tarde un poco más, pero se mantiene a largo plazo.

Así, por culpa de los psicólogos y su simplificado uso del “autoestima” como explicación universal, la mayor parte de personas que se topan repetidas veces con una misma dificultad concluyen que tienen un defecto de fábrica: “baja autoestima”. Luchan denodadamente contra él lo mejor que pueden; sin lograr avances, desde luego. No porque sean incapaces sino porque su misma lucha sostiene el problema: cuanto más se esfuerzan en “aumentar el autoestima” más descuidan la búsqueda de otras soluciones a sus problemas.

Es entonces cuando llaman a nuestra puerta. Por desgracia, muchos psicólogos responden con más de lo mismo: “su problema es que no tiene buena autoestima”.

La culpa es de los psicólogos, en muchos casos. Por eso no creo en ellos.

Sólo podrás verlo cuando lo hayas olvidado

Señor Dios, soy Anna

Uno de los mejores libros de teología que existen se titula Señor Dios, soy Anna, y fue escrito por un tal Fynn. Plantea una visión de Dios y su relación con el ser humano sumamente revolucionaria en los tiempos que corren -aunque heredera de la teología negativa o apofática, la suposición (que comparto) de que nada de lo que podamos decir de Dios tiene sentido alguno -ya que Él, o Ello, trasciende todo concepto y posibilidad.

Los paralelismos entre la teología apofática de Nicolás de Cusa o Dionisio el Areopagita, el taoísmo y el budismo saltan a la vista. Lo maravilloso es la manera en que Anna transmite conceptos en apariencia tan difíciles:

Cuando uno es pequeño, “entiende” al Señor Dios, que está allá arriba sentado en su trono, de oro naturalmente; usa barba y corona, y todo el mundo se enloquece cantándole himnos. Dios es útil, y uno le utiliza. Se le pueden pedir cosas, puede dejar a los enemigos de uno más muertos que una piedra, y es excelente para hacer el mal de ojo al matón del barrio, para que le salgan verrugas y cosas así. El Señor Dios es tan “entendible”, tan útil y tan práctico que resulta como un objeto; tal vez sea el más importante de todos los objetos, pero de cualquier modo es un objeto y se le entiende de punta a cabo. Más adelante, uno “entiende” que él es un poco diferente, aunque todavía puede captar de qué se trata. ¡Pero por más que uno le entienda a él, parece que él ya no le entiende a uno! Como no parece entender que uno simplemente necesita una bicicleta nueva, el “entendimiento” que uno tiene de él va cambiando un poquito más. De cualquier manera o condición que uno entienda al Señor Dios, le disminuye de tamaño; lo convierte en una más de tantas y tantas entidades que se pueden entender. De manera que a lo largo de la vida de cada uno, el Señor Dios sigue continuamente desprendiéndose de aspectos y pedacitos, hasta que llega el momento en que uno admite, libre y sinceramente, que no comprende en absoluto al Señor Dios. En ese momento es cuando uno deja que el Señor Dios tenga su verdadero tamaño, y ¡cataplún!, helo ahí riéndose de uno.

La teoría del “defecto de fábrica”

Botanischer Garten, de Edgar Ende

Muchas escuelas psicológicas parten de la que podríamos llamar “teoría del defecto de fábrica”: que nuestros problemas vitales, las dificultades con que nos encontramos una y otra vez en la tarea de vivir, obedecen a un trastorno intrínseco, una “falla” instalada en nosotros en la infancia (o antes); una “falla” profunda, ineludible, imprecisa e “inconsciente”. Los famosos “traumas”, por ejemplo –desacreditados desde hace tiempo; o las “memorias reprimidas” que cabe “recuperar” -igualmente desacreditadas.

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Cuyo centro está en todas partes…

Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.

He leído esta fantástica frase en varios lugares, atribuida a veces a San Buenaventura, a veces a Pascal, a veces a un genio anónimo. Borges traza su evolución en “La Esfera de Pascal” con la erudición y velado cinismo que le son tan propios. Durante años estuvo en el fondo de mi mente: se insinuaba cada cierto tiempo y volvía a derrotar mis esfuerzos por entender su sentido último.

Una noche tuve un sueño que resolvió plásticamente el enigma de años:

Yo era un mero punto de vista navegando al azar por un espacio infinito y simétrico, sin división o solución de continuidad, que se extendía en todas direcciones. Hacia abajo, a lo lejos, una miríada de puntos de colores, regularmente espaciados en una cuadrícula que bañaba un plano también infinito. Sin proponérmelo, empezaba a descender hacia ellos; y a medida que me acercaba descubría que se trataba de cabezas de alfileres clavados sobre la nada sin fondo de este Universo. (Alfileres como los que había usado, cuando niño en la escuela, para señalar en un mapa de tres dimensiones diversas montañas y ríos de mi país. Recordaba con intensidad la sensación de ver el mapa desde arriba mientras los iba colocando).

De repente, una voz -en parte mía y en parte no- susurraba sin palabras: “cada uno de esos es un ser” -yo aceleraba, desapasionadamente, hacia un alfiler en particular- “-y ese eres tú”. “¡Ajá!” -me decía, yo mismo esta vez: “¡así que por eso es Dios el círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna!”

[Si intentara expresar esta comprensión debería decir: “Incluso la persona más despreciable y abyecta, la que más odio o rechazo te produce -sí, incluso esa persona es, para ella misma, el centro del Universo -que tiene tantos centros como seres hay en él y ningún fin determinado. Y eres uno de esos centros: ni más, ni menos. Eres, sin duda, el Centro del Universo -como lo es todo lo demás, sin excepción”.]

A la mañana siguiente, ni bien despertar, identifiqué la fuente de mi sueño: la Red de Diamantes de Indra del Budismo Mahayana (que había conocido en mi adolescencia gracias a “Gödel, Escher, Bach“).

A partir de ese día, de formas que aún no alcanzo a entender, mi vida dio un vuelco. Sentí, por unos segundos, lo que sintió Yeats una tarde cualquiera en un café londinense:

My fiftieth year had come and gone,
I sat, a solitary man,
In a crowded London shop,
An open book and empty cup
On the marble table-top.
While on the shop and street I gazed
My body of a sudden blazed;
And twenty minutes more or less
It seemed, so great my happiness,
That I was blessed and could bless.