Todo conduce a todo

Alan Watts

En sus Memorias, Alan Watts habla de pasada de un enigmático psiquiatra inglés, Eric Graham Howe. En la primera de las dos ocasiones que lo cita, dice:

Mi universidad particular también incluía a Eric Graham Howe, un psiquiatra que entonces tenía consulta abierta en un apartamento muy agradable situado en la parte posterior de Harley Street, en donde cierto día almorzamos una excelente patata cubierta de mantequilla. […] Yo no era su paciente y él era una persona genial, digna y muy interesante que me permitía adentrarme en su mente. Acababa de escribir I and Me y War Dance, y estaba trabajando en un principio que siempre me ha resultado fascinante: el uso del campo gravitatorio como fuente de energía.

En la segunda, que lo invitó amable y perentoriamente a una charla privada con Jiddu Krishnamurti.

Poco, muy poco se sabe hoy de Graham Howe; como tantos otros, se ha caído de los libros de historia de la psicología -tal vez porque hablaba de budismo con convicción y del psicoanálisis con reserva, en una época que gustaba de hacer todo lo contrario. Ian Edwards ha escrito una tesis doctoral que es probablemente la mejor introducción a la obra de Howe -aparte de leer sus libros, todavía ubicables a través de las librerías virtuales.

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En 1970 (a juzgar por la fecha garabateada en la portada) mi madre compró Analytical Psychology, de C.G. Jung: la transcripción de una serie de conferencias dictadas por Jung en la clínica Tavistock, de Londres, en 1935. Di con él a los quince y lo leí un par de años más tarde, sin entenderlo del todo -pero sintiendo con claridad el encanto junguiano, a partes iguales enigma y misticismo. Además de la conferencia, el texto incluye las preguntas de los asistentes y las respuestas del Prof. Jung, entonces sexagenario. Entre quienes preguntan encontramos a Wilfred Bion, famosísimo psicoanalista pionero de las experiencias grupales; y, naturalmente, a Eric Graham Howe.

Naturalmente, porque Howe había sido uno de los fundadores de la Clínica Tavistock; cosa de la que, entonces, yo no tenía idea.

La tesis de Edwards explica que, en ese momento, Howe se había ya internado en el budismo; podemos intuir que estaba lidiando con su peculiar forma de entender el “yo” como “vacío” o “no existente”, compuesto de “nombre y forma” (nama-rupa).

C. G. Jung

Graham Howe hace algunas preguntas a Jung durante las cinco conferencias; en ellas se adivina una mente poderosa, ágil y profunda que afronta un problema sumamente complejo e intenta resolverlo mediante aventurados saltos de la imaginación. Pero hay una en particular que resulta impresionante -y que hoy he redescubierto al abrir al azar el libro que heredé de mi madre. He aquí este fragmento (p. 66, en mi traducción un tanto patosa):

E. G. Howe: […] En pocas palabras, la psicología de Freud es tri-dimensional, y la de Jung, tetra-dimensional. Por esta razón me parece que la representación gráfica [de las cuatro funciones de la psique] que Jung ha hecho es engañosa: está intentando darnos una idea tridimensional de un sistema que tiene cuatro dimensiones, una presentación estática de algo que se mueve. […]

C. H. Jung: Quisiera que el Dr. Graham Howe no fuera tan indiscreto. Tiene usted razón, Dr., pero estas cosas no se deben decir en público… Cuanto más se avanza en el estudio de la psique, más cuidadosos debemos ser en nuestra terminología, porque está acuñada con los prejuicios del pasado. Cuanto más se penetra en los problemas básicos de la psicología más nos acercamos a ideas filosófica, moral y religiosamente sesgadas. Por ende, hay que manejar algunas cosas con la mayor cautela.

Pero esto no es más que el prólogo; a esto, Howe responde con una pregunta inusitada, que ni el mismo Jung comprende (pero que nosotros, que gozamos del beneficio de la perspectiva histórica, podemos atrevernos a descifrar):

E. G. Howe: Creo que a la audiencia le gustaría que usted fuese más provocativo. Voy a decir algo un tanto imprudente. Ni usted ni yo vemos al “yo” como una línea recta. Creo que podemos aventurarnos a considerar la esfera como la verdadera forma del “yo” en cuatro dimensiones, de las cuales uno es la mera proyección tridimensional. Si es así, me gustaría hacerle una pregunta: ¿cuál es el alcance de ese “yo” que equivale en una perspectiva tetra-dimensional a una esfera en movimiento? Y sugiero una respuesta: “El universo en sí mismo, que incluye lo que hemos llamado inconsciente colectivo y racial”.

Esto es demasiado para C. G. Jung, que replica anonadado: “¿Podría repetir la pregunta?” E. G. Howe responde: “¿Cuán grande es esa esfera que equivale al yo tetra-dimensional? No pude evitar responder que es exactamente del mismo tamaño que el universo entero”.

Acorralado, Jung se escabulle sin demasiada habilidad:

C. G. Jung: Esta es en realidad una pregunta filosófica, y responderla supondría una larga excursión por la teoría de la cognición. El mundo no es más que nuestra imagen. Sólo quienes piensan como niños piensan que el mundo es como creemos que es… Pero sólo la peculiar mente del filósofo se atreve a trascender la imagen común y corriente del mundo, compuesto de cosas aisladas y estáticas. Hacerlo causa un terremoto en las mentes ordinarias: todo el cosmos se conmueve, las convicciones y esperanzas más íntimas caen en entredicho. No veo por qué habríamos de hacerlo. No es bueno para los pacientes, ni para los doctores; tal vez lo sea para los filósofos.

Traducción (maliciosa): “esta es una pregunta filosófica, y yo un simple psiquiatra; además de que no puedo responderla, me parece que el mero hecho de formularla es cuestionable y peligroso”.

La Trimurti

Lo que Jung no entendía es que Graham Howe estaba intentando asentar su teoría del “inconsciente colectivo” en un terreno metafísico más sólido -que se deriva, además, del hinduismo: la idea de que el “yo” no es más que una máscara que la Divinidad se coloca para entretenerse jugando consigo misma. Si todos somos uno, el “inconsciente colectivo” deja de ser inexplicable para tornarse obvio e indiscutible. Y si el tamaño de este “uno” coincide con el del Universo, estamos en todas partes a la vez y lo sabemos todo siempre -aunque no nos demos cuenta; lo que explicaría la experiencia de “conocimiento absoluto” tan común en los relatos de los místicos. Pero, además, este “uno” aparenta ser “varios” sólo porque no podemos verlo en toda su magnitud; sólo porque no podemos contemplar la cuarta dimensión, el Tiempo, de una vez -sino que hemos de tomarla poco a poco, pedazo a pedazo, sin volver la vista ni avanzar la página. En suma, Graham Howe intentaba fundir la teoría junguiana de la psique con la teoría de la relatividad general de Einstein y la metafísica de las Upanisads, en una pregunta incisiva como un látigo.

Una pregunta que, para colmo, emplea como metáfora del “yo” a la esfera de Pascal (que ya he mencionado en otro lugar): “Si el yo es una esfera en movimiento, ¿cuál es su tamaño si la contemplamos desde la cuarta dimensión?” Porque si es una esfera del tamaño del Universo, su centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.

Mano con Esfera, de M. Escher

Acaso, el tamaño exacto del Universo entero: cada vez más, cada día, comprendo que en realidad todo conduce a todo.

Actualización

He encontrado hace poco un cuento de Algernon Blackwood escrito en 1917, “A Victim of Higher Space“, que hace uso de la misma metáfora hipergeométrica que Graham Howe intenta exponer (sin éxito) a Jung. Las ideas están en el aire…

Somos los mismos, tan sólo hemos cambiado

La reencarnación siempre se malinterpreta. No consiste, ni de lejos, en pasar de un cuerpo a otro a lo largo de los siglos; esta imagen –almas tibias, lívidas y desvaídas que se reciclan una y otra vez– es tan triste como ingenua.

La teoría vulgar de la reencarnación

No consiste en convertirse en animal o vegetal: ¡flaco favor que le haríamos a la Naturaleza!

No. No tiene nada que ver con la conservación de esa mísera y maravillosa porción de la consciencia a la que llamas “yo” –los recuerdos que atesoras y acaricias, la aventura que tejes a partir de ellos y con la que sueles confundirte.

No. La doctrina budista es clara e inequívoca. No eres quien reencarna, sino la vida. El Universo se reencarna contigo -y en ti. Como la llama de la vela, que puede pasar a otra justo antes de apagarse. No es la misma llama; pero sigue siendo fuego.

Mas la reencarnación existe, y es enigmática –e incontrastablemente metafísica. La pregunta no es “¿cómo renacen las almas luego de morir?” sino “¿cómo reencarno yo, momento a momento, día tras día, año tras año?”

El Teatro de la Memoria

La verdadera reencarnación, el milagro cotidiano y trascendente, te deja sin aliento y azorado ante la grandeza de lo Inefable: el flujo perenne e incesante de lo que llamamos memoria.

¿Lo dudas? Hazte una sola pregunta: ¿qué pasaría si despertases una mañana y no recordases tu nombre?

Un pequeño y delicioso milagro

Ominoso, delicado y abrumador, hermético y maleable: seguimos siendo los mismos, tan sólo hemos cambiado.

El doble

Uno de los cuentos más hermosos que existen fue escrito por este señor:

Un verdadero romántico

Se titula La Princesa Brambilla; al menos, en la traducción donde lo encontré, por puro y fantástico azar (Cuentos Fantásticos, E. T. A. Hoffmann; 833/H675cf en esta biblioteca. Dicho sea de paso, no he vuelto a hallar este cuento en ninguna otra traducción; y mi búsqueda ha sido exhaustiva. ¡Qué lástima!)

No es hermoso solamente; se las arregla para conducirte con sublime maestría saltando entre dos planos, dos dimensiones distintas pero interrelacionadas, de un modo que no logras comprender sino hasta la última página. Constantemente te preguntas “¿a quién le ocurre esto?” y “¿quién es el responsable de ello?”; te atemorizas, sorprendes y confundes con el protagonista y esperas con ansiedad la escena de reconocimiento final –la anagnórisis. Hoffmann es, en este sentido, profundamente aristotélico –mas ¿no lo es la vida misma?

Otra consideración marginal: la anagnórisis, pieza fundamental de la estructura narrativa aristotélica, se ha vuelto a poner de moda: véase esta película, esta otra, esta -que no me gustó tanto- y esta:

Nada es lo que parece
Hoffmann sabía de lo que hablaba: forma parte de esa nutrida aunque soterrada tradición de escritores que vivían una permanente duplicidad, la sensación de no ser de este mundo. Este es uno de sus temas recurrentes –como lo es de Poe, de Lovecraft, de P. K. Dick, de Robert Graves y del magnífico Machen (del cual recomiendo fervientemente dos contrapuestas novelas: Un fragmento de vida y La colina de los sueños).

Hoy, por fin, ya no están solos. Más aún: sus rostros se pierden en una infame multitud.

¿Debo celebrarlo? ¿O llorar?

Silogismo búdico

En búsqueda del toro...

Una forma extremadamente simplista de resumir la doctrina del Buda (el budismo primitivo o Theravada) sería el siguiente aforismo: “El sufrimiento es universal; pero siempre es un yo el que sufre; por consiguiente, acabando con el yo cesa el sufrimiento”.

Con esta convicción se inició un experimento que continúa hasta hoy, uno de los más fructíferos, audaces y portentosos de la historia humana: el de “matar al yo”.

Ahora bien: el del Buda es casi un silogismo, y como tal, inatacable. El problema verdadero surge en cuanto se intenta poner en práctica su consejo, porque ¿quién ha de “matar al yo”?

Diversas soluciones han surgido a lo largo del tiempo; el mismo Buda parece haber propuesto una suerte de recurso, los “tres Refugios”: la Doctrina, la Comunidad de monjes y la figura del propio Buda (no necesariamente sagrada: sobre esto no hay acuerdo…)
Por desgracia, en muchas ocasiones estos Refugios han devenido un reducto de sucesión apostólica –cosa que el Tathagata, El-que-así-ha-venido (como se hacía llamar), seguramente hubiera desaprobado.

Muchos otros aventureros han hecho el mismo descubrimiento de manera independiente. El mismo, o casi el mismo –y en el “casi” está el quid. Por ejemplo, podríamos ver en el “noble salvaje” de Rousseau al monje mendicante budista, que se retira del mundo para encontrar su verdadera esencia salvífica; o dejarnos engañar por Schopenhauer y esmerarnos en reprimir nuestros deseos y coartar nuestra voluntad –cayendo así bajo el imperio de otros deseos y otras voluntades, no menos egoístas.

Podríamos también seguir el razonamiento de Hume y escudriñar nuestro interior en pos del “yo”, del “observador invisible” que somos o creemos ser –del supuesto autor de nuestros pensamientos…

En el Dhammapada o “declaración de principios”, una colección de dichos atribuida al Buda, se encuentra esta magnífica metáfora:

Te han visto, constructor de la casa: no reconstruirás.

El “constructor” es el deseo o ansia de seguir viviendo; alternativamente, el “yo” que construye una ilusoria trama renaciendo día tras día. Estos son los versos que pronunció el Buda en el momento de la iluminación: habiendo descubierto la trampa del constructor de su “casa”, se deshizo de él –y de la cadena de nacimientos y muertes, del inexorable sufrimiento.

Mas ¿quién había visto al constructor?

Mas el toro no existía...